Leed y no vomitéis:
El escenario es la aparentemente paradisiaca Australia. En la prensa internacional, lo que apareció hace dos semanas fue que se habían producido violentos disturbios raciales en Nueva Gales del Sur. Se habló de racismo, de xenofoibia e incluso de intolerancia, pero -como suele ocurrir cuando se mezclan periodismo, y obsesión por lo políticamente correcto- se obvió o apenas se mencionó que en el trasfondo, como detonante, estaba el juicio a un joven musulmán de origen paquistaní, culpable de varias violaciones.
El sujeto, al que los periódicos identificaban sólo como MSK, había iniciado su cadena de violaciones apenas cuatros días después de haber puesto el pie en suelo australiano. Durante su juicio por asalto sexual, MSK hasta se permitió el lujo de regañar a una de sus llorosas víctimas, una niña de 14 años, porque la cría tuvo la temeridad de negar con la cabeza al escuchar la declaración del acusado.
La realidad es que a la niña no le faltaban razones para agitar su cabeza, disgutada. Tras hacer su juramento sobre el Corán, MSK declaraba al tribunal que si él había violado a cuatro niñas -una de ellas de 13-, era porque las muchachas no tenían derecho a decir “no”:
"No se cubrían la cara ni llevaban el velo, y eso es como invitar a que te acuestes con ellas”.
MSK ya está condenado a 22 años de prisión por incitar a sus tres hermanos menores a violar en grupo a otras dos jóvenes de Sydney en el 2002. En su defensa, argumentó que su contexto cultural era el responsable de sus crímenes.
Por Prevost
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