
El caso es que según cuenta Díaz Herrera en sus obras, este sujeto jugaba a la bolsa y lo que ganaba, lo invertía en armamento, y no precisamente pedagógico, sino del de verdad. Y en esa línea pacífica e intelectual imagino yo que fue inductor de un atentado en Paris contra Alfonso XIII en 1905 y de otro en Madrid por la misma cuestión donde murieron veinte personas y otras tantas perdieron la vista, participando después en la Semana Trágica de Barcelona.
Me figuro que por tanta fechoría junta y dadas las leyes terribles de la época, fue condenado a muerte y fusilado sin contemplaciones, haciendo de su memoria, la memoria de un mesías por la causa anarquista y encima un mártir intelectual... ¿Se puede pedir más?
Cuando empezó la Guerra Civil española veinticinco años después, y no se respetaba ni la ley de la selva, imaginan ustedes lo que pasó respecto a esto, ¿verdad? Pues que el tipo que ejecutó físicamente a Ferrer, un militar que vivía en la capital de Guipúzcoa tan contento, recibió una llamada una noche en la puerta de su casa. Toc toc toc.
-Hola. Venimos a reparar una vieja injusticia.
-¿Cuál...?
Su cadáver apareció al amanecer asesinado, arrojado desde un puente. Bueno, dirán algunos, el también mató a otro ¿verdad?
Milicias del pueblo indisciplinadas y enfurecidas contra los ricos, contra los guapos, contra los vecinos con suerte, versus militares profesionales fríos y calculadores con ganas de limpiar España de todo rastro marxista. Ocurrió por los pagos españoles, y ocurrió entre amigos.
Por Cruzcampo
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